Que bonita es la amapola
que se cría entre trigales,
mas bonita esta mi niña
cuando a la ventana sale
Esas cosas de la vida que cuando uno mira, siente que merece la pena congelar para ver y compartir.
Para evitar la dureza del sol, iniciaban la jornada de trabajo antes del amanecer, la siega realizada con hoz, cuando el sol más aprieta, era posiblemente una de las actividades más duras, por eso la hoz es el símbolo del trabajo del campo.
Acabada la siega se acarreaban los haces hasta la era donde se extendían en circulo, se quitaban las lías con las que se habían atado y preparaban las caballerías, mulas, bueyes o vacas,
para tirar del trillo que colocado sobre la mies poco a poco iría triturando.
Con el fin de que los hombres pudieran dedicarse a otras faenas, los niños o mujeres solían ser protagonistas de la faena, vuelta tras vuelta en un proceso interminable, divertido al principio pero que la monotonía y el calor terminaban cansando.
Al concluir la actividad se amontonaba la parva, a la espera de que llegaran los vientos, (cierzo, solano, ábrego, tramontana...) para con la horqueta alzar al viento y separar el grano de la paja.
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Contaba que en las alforjas llevaban la comida, que no faltaba una bota de vino y un botijo con agua, y mientras echaban el cacho de queso, chorizo, lomo en aceite o lo que hubiera, gustaban de charlar sobre como iba la cosecha, de los turnos de riego,
Cuando era pequeño recuerdo que vivía la vida a mi manera, con una pequeña bicicleta, dando la vuelta a la manzana creía participar en el tour de Francia, con mi patinete deslizaba por la calles aún sin coches, con el juego de carpintero que trajeron los reyes creía poder construir mi mundo, y con las chapas jugaba cada día uno de esos partidos del siglo.
Y en casa las tardes de invierno, sobre la mesa camilla y el braserillo para calentar los pies, jugaba al parchís con mis padres y mi hermana.
Nunca hacía frió suficiente para renunciar a jugar a las canidas, o disputar un partido de fútbol en la acera, para lo que valía una sencilla pelota pinchada.
El tranvía era el protagonista en la Avenida de la Reina Victoria, circulando desde la Glorieta de los Cuatro Caminos hasta donde Madrid terminaba por el lado Oeste: Ciudad Universitaria, Puente de los Franceses, Parque del Oeste, Colegios Mayores, Estadio Metropolitano donde jugaron el Atlético de Aviación y más tarde el Atlético de Madrid, Hospital Clínico.
Cruzando la calle había en lo alto de un cerro, un campo de fútbol de arena y barro, conocido como “campo de las calaveras”, pues cada vez que la pelota salía fuera de banda, había que tener cuidado para no despeñarse por su terraplén

Junto a la caseta donde se alquilaban las redes de las porterías, los mayores se juntaban para jugarse los cuartos al “chito”. Colocaban mondas sobre un palo, y desde la distancia acordada, se tiraba con el “chito” ( una ficha de metal) de forma que aquel que golpeaba el palo y las tiraba, ganaba las monedas
Al anocher, el farolero recorría el bulevar para encender una a una las farolas, las mismas a las que se abrazaban los borrachos camino de casa, pues antes como ahora, se ablandaban las penas con un trago de más.
Contigo que has llegado hasta este rincón, quiero compartir mi arbol de Navidad, con el deseo de que cada nuevo día encontremos un poquito más de luz.




Hasta hace poco se hablaba de duros, de reales hace ya más, pero de estos me contaba la abuela Isabel, sentada junto a la chimenea en el escaño, con las manos siempre ocupadas con algo, podía zurcir unos calcetines, de los de antes de los de la crisis que nunca existió, porqué lo de la crisis parece como algo nuevo que nos estremece ahora que ya ni se zurce el roto, ni se ponen remiendos a las sabanas. También solía la abuela quitar la hebra de las judías, limpiar las lentejas, migar el pan bien fuera para una sopa de ajo o el tazón de leche del desayuno, lo cierto es que la abuela siempre tenia algo entre las manos, incluso cuando parecía no hacer nada.