lunes, 28 de diciembre de 2009

Pasa la vida



Que bonita es la amapola
que se cría entre trigales,
mas bonita esta mi niña
cuando a la ventana sale


Lo bueno de los domingos era que mi padre no tenía que madrugar. Al despertar mi hermana y yo pasábamos a su cama, y mientras mamá ya levantada preparaba el desayuno, papá cantaba canciones tradicionales y relataba historias de nuestro pueblo.



Contaba que por San Juan, cuando el sol ya cansado de crecer apunta la noche más corta del año, los días largos y calurosos ya han secado los cereales, y entonces aparecían los segadores, normalmente procedentes de Extremadura, para segar con hoz, los surcos de cebada, trigo y centeno de los campos de Castilla.



Para evitar la dureza del sol, iniciaban la jornada de trabajo antes del amanecer, la siega realizada con hoz, cuando el sol más aprieta, era posiblemente una de las actividades más duras, por eso la hoz es el símbolo del trabajo del campo.



Acabada la siega se acarreaban los haces hasta la era donde se extendían en circulo, se quitaban las lías con las que se habían atado y preparaban las caballerías, mulas, bueyes o vacas,


para tirar del trillo que colocado sobre la mies poco a poco iría triturando.



Con el fin de que los hombres pudieran dedicarse a otras faenas, los niños o mujeres solían ser protagonistas de la faena, vuelta tras vuelta en un proceso interminable, divertido al principio pero que la monotonía y el calor terminaban cansando.


Al concluir la actividad se amontonaba la parva, a la espera de que llegaran los vientos, (cierzo, solano, ábrego, tramontana...) para con la horqueta alzar al viento y separar el grano de la paja.



Contaba que en las alforjas llevaban la comida, que no faltaba una bota de vino y un botijo con agua, y mientras echaban el cacho de queso, chorizo, lomo en aceite o lo que hubiera, gustaban de charlar sobre como iba la cosecha, de los turnos de riego,


y de la vida, pues siempre había una carta con noticias de la mili o de las hijas que movidas por la ilusión de mejorar, habían marchado a trabajar a la capital.


Fotos realizadas en Piedrahita (Ávila) en blanco y negro el año 1.982. Si te gustan no dudes en compartirlas.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Salud, paz, amor y libertad




Cuando era pequeño recuerdo que vivía la vida a mi manera, con una pequeña bicicleta, dando la vuelta a la manzana creía participar en el tour de Francia, con mi patinete deslizaba por la calles aún sin coches, con el juego de carpintero que trajeron los reyes creía poder construir mi mundo, y con las chapas jugaba cada día uno de esos partidos del siglo.


Y en casa las tardes de invierno, sobre la mesa camilla y el braserillo para calentar los pies, jugaba al parchís con mis padres y mi hermana.


Nunca hacía frió suficiente para renunciar a jugar a las canidas, o disputar un partido de fútbol en la acera, para lo que valía una sencilla pelota pinchada.


El tranvía era el protagonista en la Avenida de la Reina Victoria, circulando desde la Glorieta de los Cuatro Caminos hasta donde Madrid terminaba por el lado Oeste: Ciudad Universitaria, Puente de los Franceses, Parque del Oeste, Colegios Mayores, Estadio Metropolitano donde jugaron el Atlético de Aviación y más tarde el Atlético de Madrid, Hospital Clínico.


Cruzando la calle había en lo alto de un cerro, un campo de fútbol de arena y barro, conocido como “campo de las calaveras”, pues cada vez que la pelota salía fuera de banda, había que tener cuidado para no despeñarse por su terraplén

Junto a la caseta donde se alquilaban las redes de las porterías, los mayores se juntaban para jugarse los cuartos al “chito”. Colocaban mondas sobre un palo, y desde la distancia acordada, se tiraba con el “chito” ( una ficha de metal) de forma que aquel que golpeaba el palo y las tiraba, ganaba las monedas

Al anocher, el farolero recorría el bulevar para encender una a una las farolas, las mismas a las que se abrazaban los borrachos camino de casa, pues antes como ahora, se ablandaban las penas con un trago de más.


Contigo que has llegado hasta este rincón, quiero compartir mi arbol de Navidad, con el deseo de que cada nuevo día encontremos un poquito más de luz.




jueves, 10 de diciembre de 2009

Un duro de los de antes






Hasta hace poco se hablaba de duros, de reales hace ya más, pero de estos me contaba la abuela Isabel, sentada junto a la chimenea en el escaño, con las manos siempre ocupadas con algo, podía zurcir unos calcetines, de los de antes de los de la crisis que nunca existió, porqué lo de la crisis parece como algo nuevo que nos estremece ahora que ya ni se zurce el roto, ni se ponen remiendos a las sabanas. También solía la abuela quitar la hebra de las judías, limpiar las lentejas, migar el pan bien fuera para una sopa de ajo o el tazón de leche del desayuno, lo cierto es que la abuela siempre tenia algo entre las manos, incluso cuando parecía no hacer nada.

Entonces la radio sonaba pero como de cualquier manera, la onda nunca llegaba bien al pueblo y había que afinar mucho para coger el dial de la mejor forma y escuchar las voces mezcladas con un chirrido a veces insoportable.

La abuela que solía mencionar los precios en reales, de repente un día me hablaba de un duro, cinco pesetas de las de antes, resulta que D. Deogrcias el cura párroco del pueblo había multado con un duro, por lavar en el río un día de fiesta de guardar. Resulta que la abuela que no dejaba las manos quietas ni cuando parecía no tener que hacer, como no disfrutaba con ser rica, tenía que realizar las azanas según le cuadraba la jornada, fuera o no laboral, pues como decía ella, en casa humilde la labor no tiene jornadas ni horarios.

Pues bien, la abuela Isabel quien posiblemente no conocía la palabra crisis, a quien nunca escuche queja alguna sobre la vida y sus quehaceres, a la que no amilanaba el trabajo, ni escaseaba en redaño, se plantó en la iglesia, dispuesta a aclarar al señor cura, acipreste de la diócesis y con más poderes que el alcalde y comandante de la guardia civil juntos, que si el aplicaba la justicia divina, tendría que conocer las razones humanas.

Tomó el dinero de la caja de puros donde guardaba los ahorros, con los que tenía previsto comprar un somier de muelles y un colchón de lana, y se presentó en la iglesia.

- Don Deocracias, tome usted los dos duros de multa, que ya me ha dicho Dios con el que acabo de hablar, que de estas monedas que me quita a él deberá usted rendirle cuentas.

- Que estas insinuando, quizás ¿que yo he cometido un error?, respondió el sacerdote, con voz tajante pero tartajeando, nervioso, seguramente ante una situación para inesperada. Y por cierto es un duro el importe de la multa y no los dos que me ofreces.

- Cierto Don Deocracias, reconoció, yo entiendo que tiene usted que tomar medidas como hombre de orden que es, por lo que servidora que no es nadie para juzgar si erra en su proceder, quiere quedar en paz y pagar otro duro por haber trabajado al alba el pasado domingo.

- Pero ¿qué me dices?, replico Don Deocracias, dejando de acariciarse las manos, (un gesto que caracterizaba) para abriendo los brazos pasar a colocar sus dedos en la nuca al tiempo que se rascaba.

La abuela Isabel, que como comadrona asistía a Don Onofre, médico del pueblo en las tareas de ayudar a venir al mundo a los nacientes, explicó como Marta, la mujer de Don Zacarías el maestro, tras romper aguas durante la noche del sábado, había tenido a bien alumbrar una preciosa niña nada menos que el domingo, poco antes del amanecer.

Don Doecracias, con sus dedos entrelazados, reposado, con el aplomo correspondiente a su larga experiencia como pastor de almas, colocó sus manos en los bolsillos de la sota, carraspeó y dijo: Isabel toma la puerta, que no querría yo tener que tratar sobre mis razones con ese Cristo que nos mira.

Las fotos ilutran el fenómeno natural conocido como bardasco